El dolor, un fiel compañero
El dolor, un fiel compañero, columna de Roberto Díaz y Díaz: Reflexiones espirituales
Para subsistir al dolor hay que llenarse de fortaleza y de paciencia. Cuando el dolor nos toca y nos muerde el cuerpo, hay que llenarse de un poco de coraje; eso nos ayuda más que mucho saber y estudiar sobre el dolor. Tenemos que entender que un poco de compasión nos ayuda mucho más que una gran dosis de coraje. Y una pequeña dosis del amor de Dios nos ayuda más que todo lo demás.
Pero la duda que atormenta a todo ser humano es: si Dios es tan bueno como se dice, si es puro amor como se cree, si además es todopoderoso, ¿cómo es que permite las tremendas cuotas de dolor que padecen a diario los seres humanos?
A lo anterior tenemos que comprender que Dios respeta la libertad humana y, como es infinitamente sabio y justo, no toca la libertad del hombre; eso es un dogma de fe. Él no es culpable de las bacterias ni de los desastres que se suscitan en la tierra, los cuales nos causan dolor.
Dolor y sufrimiento no es lo mismo. El dolor es el resultado de una herida o lesión física o emocional. Todo el mundo lo siente en diversos grados. El sufrimiento es la reacción al dolor. Es la consecuencia de nuestro modo de reaccionar ante el dolor.
Dios nos brinda su fortaleza y su amor. Y ante el dolor, Dios nos apoya con su comprensión para soportar y subsistir al dolor. Solo la fe en Dios nos puede llenar de esa fuerza interior para resistir el dolor. Dios es el único paliativo para el dolor humano.
Ahora que estoy padeciendo una lumbalgia, dolor de espalda baja, por una meniscopatía degenerativa, la cual me ha hecho aprender a ejercitar mi mente, practico los siguientes pensamientos, los cuales me han sido de mucha ayuda:
“Modifico mi forma de sentir y el dolor amaina. Guío mi manera de pensar y conllevo mejor el dolor. Cambio mi modo de actuar y siento que al no hablar de mi dolor éste se aleja. Trato de quererme mucho y pienso que el dolor es pasajero. Amo la vida de todos y veo en cada persona un consejo que me fortalece.
Agradezco mi existencia y le doy gracias a Dios por la enfermedad y por la salud. Doy gracias a Dios por el dolor que me hace más humilde para llegar a Él. Me consagro en superarme y veo el dolor como un acicate para ser mejor cada día. Me entrego al trabajo cotidiano y el dolor lo conllevo con ánimo y optimismo.
Gozo la libertad que Dios me ofrece entre elegir sufrir o aprender del sufrimiento. Cada día recupero la dicha y la alegría de vivir. Hoy, mañana y siempre manifiesto la paz espiritual y venero a Dios”.
Sí, el dolor es un fiel compañero, pero hay que estar en lucha por ser feliz, con el dolor, sin el dolor y a pesar del dolor. Yo a diario digo: “Tal vez tengo dolor, pero el dolor no me tiene a mí”.
